jueves, 2 de septiembre de 2010

Marcelo Carnero

 


No recuerdes
el nombre es un exilio

y ante la cal y el sueño nos dispara su cifra:
huérfano suspendido en ovarios de arena.

...


Llueven flores en las islas del patio

vendrás

he dado tregua esperando las cosas

como quien vela el cuerpo sobre una sola tierra

amor
ruego a los caminantes pero nunca regresan

mi nombre tiene miedo del silencio.

...


Mañana no estaré ni en la voz de las viejas

ni siquiera en palabras mordidas por el hierro

Óvalos de luz
para los que me encuentren.

...


No

no cae la lluvia
ni sale el vapor de mi boca

porque está fría

y soporta de un hilo la mañana

No

no cae ni me toca las manos

pero es un eco

un cúmulo de voz en los rincones

Me crece la lluvia y no soy

más verdad

que en el rumor

el agua.



Marcelo Carnero, Sentido de la oración, abeja reina, 2010.

Blog de Marcelo: http://tratadodecuerpo.blogspot.com/

2 comentarios:

  1. Dentro de una fantasía musical,
    de mariposas brotando en flores
    como tejidos carnales de esperanzas rotas,
    alboroto alado de aromas almizcle
    y palabras largas sin vocales
    se derrama nostalgia en borbotones de caricias violeta,
    torrentes de colores azules por las tiernas colinas
    del valle que nutre de ambrosía rosicler caliente
    la fuente lacrimosa...
    Crece en mi habitación
    con el silencio y la velocidad constante
    de una fuga de gas
    como algo erróneo peligroso e inflamable
    lentamente
    como un latido tarda en llenarse de sangre
    para dar impulso a otro nuevo latido,
    alborotando olas de púrpura piano,
    y yo que no se qué decir
    me quedo quieto como una hoja
    como un pescado el día de la boda
    in artículo mortis
    muriéndo-
    me
    muy lentamente
    colgando aún hilos de sedal en la boca
    a la vez
    pescador y pez...
    Acto de redención absoluto
    dulce muerte, dulzura,
    en la soledad más inquietante
    la caja se llenará de gusanos
    y luego, tierra....
    Mientras,
    las golondrinas
    dibujan en la dorada atmósfera de la tarde
    una locura más grande
    donde cabe toda la infancia
    y las cosas de los mayores,
    el viento se ha vuelto promiscuo y obsceno,
    el viento
    acecha la ropa tendida
    de los tejados
    le quita las pinzas y la arrastra por el suelo,
    lejos me anima con su hocico
    a no detenerme
    antes de encontrar una fuente de agua
    mientras me susurra al oído
    que mis lágrimas
    no alimentarán este mar lo suficiente
    para que un pescador pueda llegar a rescatarnos.
    Al detenerme he encontrado un lugar
    donde las miserias
    se detienen a gozar
    en la carne
    y el tiempo detenido a contemplarse
    atusado por la brisa de las enfermedades.
    Pero en mi vida nada ha participado nunca por entero
    de ninguna idea pensada por el hombre
    para la bondad,
    ya de niño
    latían complacientes en mi carne almohadonada
    los alientos de esta fatalidad.
    La incerteza, sin embargo, no proviene tanto
    del hecho absolutamente intrascendente
    en que se ha convertido hoy el babilón alarde excretor
    y su higiene,
    como de la resbaladiza y elusiva transparencia gelatina marina
    que al igual que una sardina al sol
    parece haberse deshidratado bajo esta luz de neón,
    cultivando en mi entorno
    una fabulosa cosecha de objetos cadáver
    de líneas fauve y colores kandinsky.
    A mí no me importa
    no me duele
    si necesito limón
    me retuerzo el brazo izquierdo sobre la copa
    y obtengo zumo,
    no es limón
    pero es ácido.
    -¿Qué?.
    -Que la verdura me aburre,
    los humanos antro-
    pofagia.
    En el sosiego de esta noche clara y calma,
    acaricia mi pecho un ángel.

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